Amo la lluvia, me encanta sentir el olor a agua pura y transparente que cae, escuchar el ruido de las ruedas de los autos sobre el piso mojado, distinguir en las hojas de las plantas las gotas gordas que yacen sobre ellas, el viento que a veces la acompaña, sentirlo en mi cara y en mi pelo, sentir cómo me despeina. Y acompañarlo con música bajita, con Norah Jones o Coldplay, teniendo en mi cabeza revoloteando frases de Cortázar o García Márquez, tocando con mis dedos las hojas de algún libro o un lapiz con el que escribir lo que la lluvia misma me inspira.
Pero desde que me mudé -fines de enero del presente año- que no logro disfrutarla, no me llega de la misma manera, estimo que estará relacionado con el hecho de que aun no encontré mi lugar en la casa, o con que la ventana de mi cuarto da a las ventanas de otros departamentos desde donde una vieja chusma me espía simulando acomodar dos plantines chiquitos y descuidados que tiene imposibilitándome la contemplación de la lluvia, o reprimiendo mis ganas de salir a la ventana a sentir la brisita, a estirar mis brazos y dejar que las gotas caigan sobre mis manos.
Y es algo que extraño, y más en estos días en los que necesito disfrutar algo.
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miércoles, 2 de septiembre de 2009
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