
Quisiera hacerme invisible estando parada frente a una Avenida en un día gris y lluvioso como el de hoy, ver cómo la vida de la gente pasa con tanta rapidez, observar a aquellos que ignoran lo que tienen a su alrededor, que no son capaces de apreciar las baldosas que pisan, las personas que caminan a su lado, los edificios que se imponen a su alrededor, los autos que corren, las luces que alumbran, las voces que hablan, los ruidos que ensordecen.
Pero atrás de todo eso no hay nada, son ruidos, coches y transeúntes casuales, circunstanciales. Algunos caminarán sobre esas baldosas a diario, pero su paso por ellas no significa nada, las voces que se oyen no dicen nada digno de escuchar, no dejan mensajes, sólo tapan la falta de autenticidad en esas acciones casi automáticas, sólo disimulan su enajenación.
Y yo ahí, observándolos, disfrutando el sentir que de vez en cuando uno aprovecha más que los demás aunque ese goce casi desmedido, muchas veces o casi siempre, nos ocasione dolor.
Qué linda es la lluvia.
Pero atrás de todo eso no hay nada, son ruidos, coches y transeúntes casuales, circunstanciales. Algunos caminarán sobre esas baldosas a diario, pero su paso por ellas no significa nada, las voces que se oyen no dicen nada digno de escuchar, no dejan mensajes, sólo tapan la falta de autenticidad en esas acciones casi automáticas, sólo disimulan su enajenación.
Y yo ahí, observándolos, disfrutando el sentir que de vez en cuando uno aprovecha más que los demás aunque ese goce casi desmedido, muchas veces o casi siempre, nos ocasione dolor.
Qué linda es la lluvia.